Los Castro le deben a la izquierda (y no al revés)
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Fidel y Raúl Castro en la Sierra Maestra

Fidel y Raúl Castro en la Sierra Maestra durante la lucha guerrillera.

Los Castro le deben a la izquierda (y no al revés)

ROBERTO ALVAREZ QUIÑONES

La actual oleada de gobiernos de izquierda o populistas en América Latina no es un efecto tardío de la revolución cubana como creen muchos líderes de la región, que se sienten agradecidos a los hermanos Castro, les rinden pleitesía y le dan oxígeno económico y político a la dictadura que ellos encabezan.


Es al revés, son los Castro y la cúpula comunista isleña quienes deben agradecer a la izquierda continental no haber hecho caso al insistente llamado cubano, durante décadas, a incendiar Latinoamérica para lograr la “liberación nacional”, derrotar a la burguesía y el imperialismo yanqui, e instaurar regímenes totalitarios desde el Río Grande a la Patagonia.

La revolución castrista no sólo no desbrozó el camino para el giro a la izquierda que dio la región, sino que lo impidió durante mucho tiempo. Y si se quiere ver una contribución cubana a la izquierda esta resulta una gran paradoja: el castrismo al implantar en la isla un brutal régimen de corte fascista, y con su colosal fracaso económico y social, puso fin al sueño utópico socialista de la izquierda latinoamericana. ¿Salvo los chavistas dirigidos desde La Habana, quién aspira hoy a construir el socialismo marxista-leninista en América Latina? ¿A qué izquierda representa hoy el castrismo?

En rigor, la llegada al poder de la izquierda, o el regreso del viejo populismo en varias naciones --que entre otras cosas ha convertido a la OEA en una entidad inservible, incapaz de tomar acción en la crisis venezolana--, constituyó una derrota ideológica y estratégica para los Castro.

Y aunque suene absurdo, ellos se alegran. Si los partidos políticos de izquierda se hubiesen guiado por las “orientaciones” de Fidel, y del Che Guevara en su momento, nunca habrían alcanzado el poder, y hoy no habría en Caracas un gobierno que con subsidios por más de $10,000 millones anuales mantiene a flote la economía de la isla.

En 1966 Castro organizó en La Habana la Conferencia Tricontinental, donde surgió la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), brazo político castrista para fomentar la revolución mundial, cuya estrategia quedó definida en 1967 al publicarse en la revista “Tricontinental” el llamado del Che Guevara (ya estaba en las selvas bolivianas) a crear “dos, tres, muchos Vietnam”. Al frente de la OSPAAL Castro colocó a uno de sus colaboradores más cercanos, el comandante Osmani Cienfuegos.

A partir de entonces se dispararon en Latinoamérica los actos terrorista dinamiteros, atentados a líderes políticos, secuestros de empresarios, asaltos a bancos para obtener fondos para la revolución. Las guerrillas rurales y urbanas se multiplicaron.

Aunque el proyecto del Che de crear un “foco guerrillero” en el corazón de Sudamérica que se extendería a toda la región colapsó en Bolivia, Castro siguió insistiendo en el empeño. Y Cuba entrenó, armó o apoyó financieramente a las guerrillas latinoamericanas: los Tupamaros en Uruguay, los Montoneros y el ERP en Argentina, las FARC, el M-19, y el ELN en Colombia; el FPMR y el MIR en Chile, las FALN y el MIR en Venezuela; Sendero Luminoso y el MIR en Perú, las FAR y el EGP en Guatemala, el FSLN en Nicaragua, y el FMLN en EL Salvador, para citar las más conocidas.

Con toda aquella subversión de inspiración castro-guevarista no se logró la “liberación” latinoamericana, sino la salvaje reacción del “gorilato” continental. El “foquismo” revolucionario lo que provocó fue la consolidación de las dictaduras militares fascistoides, o su implantación donde no las había.

La sangre y fuego promovidos por Cuba constituyeron un rescate de la fallida “revolución permanente” de León Trotsky, tan irresponsable como ilusoria. Esa estrategia castrista chocaba con Moscú y con el marxismo-leninismo, pues negaba la lucha política y sindical de los trabajadores. Fue en ese sindicalismo que se forjaron el brasileño Inacio Lula da Silva, uno de los actuales paradigmas de la izquierda continental, y Evo Morales.

La ‘partera de la historia’

Convencido de que la violencia es la “partera de la historia”, como proclamó Carlos Marx, Castro acusaba de “traidores” a los partidos y líderes de izquierda que participaban en los procesos electorales. “Le hacen el juego a la burguesía y al imperialismo”, afirmaba por la TV, algo de lo que me acuerdo muy bien.

En 1970, cuando Salvador Allende fue electo presidente de Chile, Castro intervino directamente y arrastró a Allende a emprender un proceso de “cubanización” de Chile que finalmente condujo a un golpe de Estado y la instalación de una sangrienta dictadura militar.

El derrocamiento de Allende sirvió a Fidel para reafirmar que la vía electoral era inviable para establecer el “poder revolucionario”. Y el triunfo de los guerrilleros sandinistas en Nicaragua, en 1979, reforzó su tesis de la lucha armada como única vía para lograrlo. Aumentó su apoyo de todo tipo a las guerrillas de El Salvador y Guatemala, el conflicto fratricida se intensificó, y tuvo un saldo final de casi 400,000 muertos.

Castro se disgustó con Daniel Ortega cuando decidió realizar elecciones democráticas en Nicaragua en 1990. Me consta que hay muchos testigos en Cuba que saben que Ortega fue a La Habana a explicarle al comandante que era imposible ganarle militarmente a los “contras” antisandinistas, que la guerra ya había costado 30,000 vidas, y que su gobierno estaba bajo una insoportable presión interna y externa para celebrar comicios y terminar la guerra.

El dictador cubano le dijo que no cometiera ese error, pero Ortega lo tranquilizó asegurándole que todas las encuestas mostraban que él iba a ganar las elecciones. Se equivocó, la gente mentía a los encuestadores. La candidata opositora Violeta Barrios obtuvo la victoria. Para Fidel el fracaso electoral sandinista fue una prueba más de que él tenía razón y que en una “revolución” no puede haber pluralismo político, ni elecciones libres.

Sin embargo, hasta la izquierda más iconoclasta y radical adoptó las reglas democráticas, calificadas de “pluriporquería” por Castro todavía a finales de los años 90. Y lo hicieron también algunos remanentes de las guerrillas. Por ejemplo, el actual presidente de Uruguay, José Mujica, era un Tupamaro; Salvador Sánchez Cerén, electo presidente de El Salvador en marzo pasado, era guerrillero del FMLN; y la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, fue guerrillera urbana.
Alimentando el nacionalismo, o el discurso populista de hace 60 ó 70 años, y que tanto daño hizo a Latinoamérica, la izquierda fue accediendo al poder en elecciones democráticas en muchos países.

Un nuevo tío rico

La clave de todo esto es que los Castro no abandonaron la estrategia de la violencia revolucionaria porque al fin “maduraron” y se convencieron de que esa no era la vía para hacer transformaciones sociales. Fue el triunfo electoral de Hugo Chávez en Venezuela en 1998 combinado con la imperiosa necesidad de que otro tío dadivoso mantuviese económicamente a Cuba como lo había hecho la extinta Unión Soviética.

O sea, la aceptación castrista de la vía democrática no obedeció a razones ideológicas, sino a un pragmatismo forzado por las circunstancias y gracias a que Chávez era un iluso apasionado del castrismo, con una fabulosa chequera de petrodólares, y en pleno control militar de su país.

Y lo que no pudieron los Castro en Chile, en Venezuela sí lo lograron: intervinieron en todas las ramas del Estado venezolano, incluidas la militar y la de inteligencia. Hoy Caracas sostiene económicamente a Cuba, a cambio de un liderazgo político y militar funesto que ha llevado a esa nación sudamericana a su peor crisis política, social y económica en casi un siglo.

El colmo de las ironías es que Cuba, un país de 11 millones de habitantes totalmente arruinado por el socialismo, es la metrópolis que conduce al socialismo a Venezuela, un gran productor de petróleo con 30 millones de habitantes.

(Alvarez Quiñones es periodista y escritor radicado en el sur de California. Durante más de 30 años ha seguido el curso de la economía mundial. Es un experto en asuntos latinoamericanos, con énfasis especial en temas cubanos).

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