Cuba: El Timbiriche y la Aspirina

ROBERTO ALVAREZ QUIÑONES

“Sálvese quien pueda, que papá Estado ya no da más”. Es esta la frase que mejor expresa el significado de la ‘actualización” del modelo económico socialista cubano, ese tímido y lento proceso que a tantos en este mundo les gusta llamar las reformas de Raúl Castro, quien ahora en febrero cumple cinco años como “presidente” de Cuba.

La frase citada arriba es como una versión caribeña y más prosaica de la genial definición que a escondidas del general Jaruzelski daban los polacos del comunismo en los años 80: “Un largo y tortuoso camino que va del capitalismo al capitalismo”.

Es clave tener en cuenta que la autorización “raulista” de oficios por cuenta propia --todos artesanales y ninguno universitario-- no es cosa nueva. Es un regreso en el tiempo al 13 de marzo de 1968, horas antes de que Fidel Castro decretase la confiscación de los 57,280 pequeños negocios que aún funcionaban en la isla y eliminase al 100% el sector privado en el país, desde los puestos de fritas hasta los plomeros, afinadores de piano y limpiabotas.

Han pasado tantos años que ya casi nadie se acuerda que en la Cuba castrista hubo pequeños negocios durante nueve años y todos pagaban impuestos regularmente. Y hubo economía de mercado durante casi dos años, hasta que en octubre de 1960 fueron confiscadas todas las grandes y medianas empresas privadas, medida con la cual Castro hizo trizas el socialdemócrata “Programa del Moncada” prometido por él desde 1953, que no contemplaba la estatización de la economía.

En su alocución de aquel 13 de marzo Fidel calificó a los cuentapropistas de "holgazanes en perfectas condiciones físicas, que montan un timbiriche, un negocio cualquiera, para ganar 50 pesos todos los días." Y remató: "Debemos ir proponiéndonos, firmemente, poner fin a toda actividad parasitaria que subsista en la Revolución... ¿vamos a hacer socialismo o vamos a hacer timbiriches?"

Sin embargo, esos “parasitarios” timbiriches –en México les llaman changarros-- están de vuelta cuatro décadas después por razones ajenas a la voluntad de los Castro. Pero, ¿es la solución para sacar a Cuba de las ruinas profundas en que la sumergieron el estatismo y los disparates del Comandante en Jefe?

Para empezar, el cuentapropismo es el tipo de economía de subsistencia que había en el mundo antes de la Revolución Industrial que a partir del siglo XVIII edificó el mundo que hoy conocemos. El viaje del hombre a la Luna y el avance económico, tecnológico y científico logrado por la civilización, corriendo ya el tercer milenio, no son hijos del pequeño taller artesanal y el timbiriche de los tiempos de Juana de Arco.

Es como si en México desde el gobierno de Adolfo López Mateo, hace medio siglo, se hubiese prohibido la empresa privada, toda inversión de capital y tecnología fuese estatal, la burocracia gubernamental estuviese a cargo de todas las industrias, el comercio, la agricultura y los servicios de la nación, y de pronto la administración de Enrique Peña Nieto anunciase un gran programa económico “salvador” para desarrollar el país, basado en formalizar la “economía subterránea” ya existente, cobrarle altos impuestos, y la autorización de ejercer por cuenta propia ciertos oficios de servicios (ninguno de carácter productivo), con la exclusión de profesionales y graduados universitarios.

Y todo ello sin prestarle un centavo a nadie, ni suministros, pues el Estado está en bancarrota, pero se les permitirá recibir pequeñas cantidades de dinero o productos de sus familiares en el extranjero.

Freno al progreso

¿Cuál sería el nivel de subdesarrollo que tendrían las naciones latinoamericanas con tales restricciones a la libre empresa y ni siquiera se permitiesen compañías privadas pequeñas (más de 10 empleados y menos de 50). ¿Y qué desarrollo habría en Estados Unidos, Alemania, Suiza, Australia, o Japón, en tales condiciones?

En México, según el Centro Pulso, de Accenture, hay unos 850,000 changarros en los que trabajan 1.7 millones de personas (dos trabajadores por unidad como promedio), que apenas ganan lo suficiente para no pasar hambre y vestirse.

Por cierto, en Acapulco vi una gran concentración de ellos en la avenida Cuauhtémoc, muy cerca de la Costera Alemán. También había decenas en el Distrito Federal, en el paseo que conduce a la impresionante Basílica de la Guadalupe. Entré en muchas de esas tiendecitas, surtidas y limpias, pero algunas con apenas dos metros de ancho. No se diferenciaban de las que había visto en el “Mercado Oriental” de Managua y en otras ciudades de Nicaragua, ni tampoco de las de Venezuela (Mérida, El Vigía, Barquisimeto, Valencia, la Guaira y Caracas).

La diferencia con Cuba es que junto a estos timbiriches precarios en esos y todos los países del continente hay grandes y medianas empresas privadas industriales, y en la isla están prohibidas.

La modernidad no fue la obra de masajistas, entrenadores de perros, amoladores de tijeras, vendedores de coquitos acaramelados, payasos para fiestas, reparadores de colchones viejos, restaurantes de 20 sillas como máximo, cuidadores de parques, o floreros —y otros oficios, todos muy respetables—, sino de la inversión de capital en gran escala, la aplicación de nuevas tecnologías, el empleo masivo, y la elevación constante de la productividad del trabajo.

Eso en China y Vietnam lo aprendieron bien con su experiencia estatista y por eso se abrieron a las inversiones extranjeras sin trabas, permitieron grandes empresas privadas, entregaron la tierra a los campesinos para que produjeran y vendieran libremente sus cosechas. Y de naciones casi semifeudales hace 30 años hoy son dos de las de mayor ritmo de desarrollo socioeconómico a nivel mundial.

Pero en Cuba eso no ha ocurrido por una razón muy simple: en China las reformas económicas fueron emprendidas después que murió Mao Tse Tung, el “Gran Timonel” del comunismo chino. En Vietnam fueron iniciadas tres lustros después de la desaparición de Ho Chi Minh. Tampoco en la Unión Soviética la perestroika y el fin del comunismo fueron propiciados por Leonid Brezhnev o sus breves relevos igualmente cavernarios, Konstantin Chernenko y Yuri Andropov, sino por Mijail Gorbachov, un audaz reformista más joven y mucho menos atado al pasado soviético.

Oposición a reformas reales

En la isla caribeña, en cambio, gobierna la misma dinastía familiar que en 1959 tomó el poder, al que sigue aferrada. Ambos hermanos Castro se oponen a cualquier reforma económica seria, y no para evitar que el “capitalismo explotador” regrese a la isla como reza la propaganda, sino para no perder un ápice del control total que tienen del país y de cada ciudadano, lo que les permite a ellos y a toda la nomenklatura gozar de la “dolce vita”.

No pueden esperarse reformas en Cuba con los Castro en el poder. No obstante, como el barco comunista ya hace aguas, con medio siglo de retraso ambos dinosaurios admiten de hecho que eso de poner el Estado a cargo de “lo humano y lo divino” en la sociedad fue un error, y guardan en el closet el discurso ideológico paternalista de que en el socialismo el gobierno garantiza un empleo estable a cada ciudadano, suministra a todos alimentos subsidiados, y brinda gratuitamente salud, seguridad social, educación, cultura, etc.

Así las cosas, serán despedidos más de un millón de trabajadores estatales (tarea que ha sido aplazada para no echarle demasiado vapor a la caldera social), sin que haya aún un sector privado que pueda asimilarlos. Ya se cierran los comedores obreros y se van suprimiendo todas las gratuidades. La libreta de racionamiento de alimentos desaparecerá lentamente y se harán más "racionales" los servicios médicos, la educación, los deportes y la cultura. Las empresas no rentables serán cerradas.

Surgen aquí algunas preguntas que circulan en las calles cubanas: 1) ¿Dónde quedan las promesas altisonantes del paraíso en la Tierra dibujado por Marx y Lenin en el que el Estado patriarcal daría bienestar a todos por igual? 2) ¿Tenían los cubanos que empobrecerse dramáticamente y carecer de las más elementales libertades en aras de “construir” una utopía que siempre fue una gran estafa? ¿tanto sacrificio para al final volver al “decadente’ capitalismo? ¿tanto nadar para morir en la orilla?

Por lo demás, no importa lo que se diga de los “cambios” propiciados por Raúl Castro, la venta de casas o la posibilidad de viajar al extranjero. Lo cierto es que en Cuba no hay reformas económicas reales. Para que las haya deben ser liberadas en grande las asfixiadas fuerzas productivas de la nación y abrirse las puertas al capital extranjero.

En Cuba únicamente asistimos a la lenta transición del Papá Estado omnipresente y guevarista (ese era el sueño dorado del Che Guevara) al timbiriche acribillado a impuestos que a duras penas subsistía en la época de los Tres Mosqueteros.

Claro, dada la pobreza imperante, los cuentapropistas han de hacer más “llevadera’ la vida en la isla. Son como la aspirina: alivia el dolor, pero no cura.

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