Cuba: La Revolución de mi Papá




Rascacielos de El Vedado, Cuba, construido a finales de los 40 y durante los 50.

Vista parcial de rascacielos de El Vedado, La Habana, construidos a finales de la década de los años 40 y durante los 50, donde un hombre humilde protagonizó la revolución más efeciente y barata de la historia.

Cuba: La Revolución de mi Papá

De Cómo Garantizar el Futuro con 13 Dólares y 50 Centavos al Mes

JESUS HERNANDEZ CUELLAR

Desde siempre hemos sabido que las revoluciones se hacen para resolver graves problemas políticos, sociales y económicos. Todas, buenas o malas, pasan a la historia. Las revoluciones son audaces, temerarias y, sobre todo, dolorosas. Es muy difícil hacer una revolución sin que sus protagonistas puedan evitar un trágico pisoteo de cadáveres.

También son sumamente costosas, porque hay que comprar armas, municiones, uniformes, disponer de transporte, combustible, e inclusive a veces hace falta construir nuevas prisiones, y muchas otras cosas que requieren las revoluciones.

En 1959, en Cuba, se hizo una. Por lo general, las revoluciones duran sólo unos días, como los huracanes. Asi fueron las revoluciones más conocidas, la americana de 1776, la francesa de 1789, la rusa de 1917. La de Cuba no. Más de medio siglo después, todavía es una revolución, afirman con vehemencia sus líderes, es decir los que todavía viven. Sus fervientes defensores aseguran que aquella revolución se hizo por muchas razones, pero mayormente para que la sociedad cubana pudiese tener educación y salud pública gratuitamente. Al menos estos dos renglones son los estandartes fundamentales de quienes hablan de la existencia de una revolución en Cuba.

Al analizar el tema, punto por punto, he llegado a una conclusión. Admito que es una conclusión controversial e irreverente, pero una conclusión al fin. Mi padre hizo una tremenda revolución para garantizar el futuro de las nuevas generaciones, y por lo que he podido observar, nadie se ha percatado de ello. No está en la historia.

Era un humilde barbero, de aquéllos que trabajaban de 9 de la mañana a la una de la tarde y de tres de la tarde a siete de la noche, de lunes a sábados, con el miércoles de descanso durante la jornada de verano. Ganaba unos 200 pesos mensuales o menos, suma que como sabemos, en la Cuba de los años 50 era igual a 200 dólares. Pues bien, por lo que calculo, mi padre se propuso hacer una revolución para su hijo, una revolución eficiente y barata.

Aunque tenía a su alrededor un número notable de escuelas públicas gratuitas donde matricular a su hijo, decidió empujarlo de cabeza en una escuela privada. Creía que así garantizaba mejor el futuro. Puso a su hijo en varias escuelas, la más cara de ellas la encontró en Almendares a pesar de que su vida giraba en torno al Vedado, en La Habana. Exigente el viejo, sin dudas. Pero estaba haciendo una revolución, muy consciente de las dimensiones de su gran proyecto. Aquella escuela privada se llamaba Pitman Academy y en ella se enseñaban todas las asignaturas en español por la mañana y en inglés por la tarde. Las maestras, circunspectas y estiradas, vestían unas impecables batas blancas, llamaban a sus alumnos por el apellido y los trataban de usted. De nuevo, para evitar confusiones, era Almendares, no Londres.

A mí me parecía aquello un poco exagerado, pero ese parecer venía de no darme cuenta de que mi viejo estaba echando abajo todos los preceptos de Marx, Engels y Lenin. ¿El costo de la escuela? Ocho pesos mensuales.

Mi madre apoyaba a mi padre en aquellas tareas. Era una hacendosa ama de casa, lo cual quiere decir que sus operaciones revolucionarias se limitaban al hogar y su despliegue de energías, arduo sin dudas, no producía divisas para la economía familiar, solamente servicios. De extracción campesina, al igual que mi padre, su sabor en cuanto a los menesteres culinarios era fabuloso, pero no muy variado. A la hora del almuerzo y también en la cena, siempre servía más o menos lo mismo: arroz blanco, frijoles negros, ensalada de lechuga y tomates, bistec de palomilla, agua y de postre dulce de guayaba. Los días más festivos servía fricasé de pollo o congrí. Vamos, que si aquella revolución hubiese ocurrido en la Cuba de hoy, mi madre habría tenido que contratar a un ejército de guardaespaldas para evitar que el pueblo le arrebatara los platos de las manos.

Pero la revolución de mi padre no terminó en la Pitman Academy. La insistente amigdalitis de su hijo, lo hizo pensar que un buen revolucionario tenía que garantizar también el punto de la salud, casi a nivel de potencia médica. Entonces fue a la carga, averiguó, estudió el tema y tomó una decisión. Su hijo sería socio de la Fundación Marfán, que se decía entonces que era la clínica pediátrica más importante de América Latina. Ojo, estaba en el barrio de El Vedado, no en Bruselas ni en Nueva York.

¿Por qué no? Al fin y al cabo estaba inmerso en un proyecto sanitario sin precedente en la familia. ¿El costo de la clínica? Cinco pesos con 50 centavos al mes.

Ahora leo que la revolución que ha habido en Cuba, para garantizar la educación y la salud, recibió miles de millones de dólares al año de un país, para colmo desaparecido, que se llamaba la Unión Soviética. Que actualmente debe a las naciones de Occidente más de 10 mil millones de dólares. Que el 20% de la población de Cuba vive en el extranjero, como exiliada o emigrante. Que hay gente en la cárcel por haber dicho lo que no debía, que otros muchos han sido fusilados. Y que para que la revolución sobreviva, es menester recibir subsidios de la casa de un vecino a la que muchos llaman Cubazuela y otros República Bolivariana de Venezuela, pero que tiene un nombre real, Venezuela.

Medito, recuerdo, saco cuentas. Caramba, la revolución de mi papá costaba trece dólares con 50 centavos al mes, para garantizar la educación y la salud de la futura generación. Que yo recuerde, ni mi madre ni yo nunca estuvimos presos, dijéramos lo que dijéramos, en medio de aquel fervor revolucionario de mi viejo. Ni tuvimos que salir al exilio, ni a mí me pareció oportuno nunca agarrar una balsa y lanzarme al río Almendares.

Mi hermano sí, la verdad. El era medio disidente y le gustaba superar a mi papá en algunas cosas. Por eso, resolvió el tema de su salud con amplia ventaja frente al viejo. Se hizo socio de la clínica mutualista del Centro Gallego de La Habana y pagaba sólo tres pesos al mes. ¿Para qué mentir? El sí vivía exiliado..., a unas cuatro cuadras de la casa. Ya era mayor de edad y se había graduado en 1949 de la Escuela Técnica Industrial José Braulio Alemán, situada en Rancho Boyeros. Y en esto también superó al viejo… estudió gratis.

Tomar nota minuciosa y diligente…, trece dólares con cincuenta centavos. Eso sí fue una revolución inteligente, sin muertos ni heridos, sin prisioneros, sin escasez, sin miedos. Y sin armas, solo con un peine en una mano y una tijera en la otra.

(Hernández Cuéllar, autor de la columna Cafe Impresso, es director y editor de Contacto Magazine, revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Es también autor del libro ¡Última hora! - Manual para el consumidor de noticias de la era digital. Desde 1981 ha trabajado en todo tipo de medios: agencias de prensa, diarios, radio, televisión, semanarios, internet, revistas y redes sociales. Fue redactor de la agencia EFE en Cuba, Costa Rica y Estados Unidos, así como editor metropolitano del diario La Opinión de Los Angeles, California, e instructor de periodismo de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA).

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