
--Primera de 3 partes--
La cardióloga de Kaiser Permanente, Martha Mercado, fue tajante al responder al enfermo renal: “Usted no puede ser recipiente de un riñón… no resistiría la operación… moriría. Y si no confía en mi diagnóstico está en su derecho de obtener una segunda opinión”.
Así, muy segura de lo que decía y con esa frialdad que ya era característica en ella, condenaba al paciente a vivir el resto de su vida sometido al proceso profiláctico de un riñón mecánico, mismo que por más de un año había experimentado ya en el Centro de Diálisis DaVita de Glendora, California.
Cada tercer día, una enfermera le pinchaba la fístula arteriovenosa que un cirujano vascular le había creado exprofesamente en el brazo izquierdo para facilitar las diálisis.
En cada proceso, el dolor era doble e intenso causado
por dos agujas gruesas de casi tres pulgadas conectadas a mangueras
transparentes que se extendían hasta la máquina de diálisis. Una aguja
drenaba la sangre, la otra la extraía.
Durante cuatro horas varias sustancias químicas eran agregadas
al torrente sanguíneo del paciente hasta limpiarlo de las toxinas
que por dos o tres días le permitirían sobrevivir.
Estar en el DaVita Center, era llegar, saludar a los mismos pacientes y de vez en cuando enterarse que alguien ya no volvería al lugar. Y no porque se hubiese aliviado. No, era porque ya su corazón viejo o enfermo no resistió a la “exigencia” de esa máquina necesitada de una presión sanguínea suficiente para trabajar en su labor de limpia.
Entre tres y cuatro horas, los pacientes sólo escuchan el rítmico funcionamiento de unas tres docenas de dializadoras, mientras sentados en confortables sillones de piel, los enfermos duermen o más bien dormitan… piensan en lo afortunado que son al estar en ese lugar recibiendo vida a través de una máquina y bajo el cuidado de una enfermera.
Otros más, claro, se lamentan de su suerte y no se resignan. Mantienen viva la esperanza de que algún día el riñón lo puedan obtener de un donante vivo o muerto que les permita independizarse de esa máquina que los debilita tanto cada vez que termina la diálisis.
Eso sí, cuando ya sienten mejoría por la diálisis, es notable como renace el ánimo. Conversan con el vecino de enfrente, con el de al lado, con la enfermera… y los que son creyentes, agradecen a Dios por un día más de vida e interiormente prometen ser más responsables con lo que consumen en esos dos o tres días que estarán ausente de DaVita.
Y el ánimo es aun más esperanzador cuando reciben la visita de un ex compañero que tuvo el privilegio del transplante; o de un enfermo renal que, con su ejemplo los alienta a vivir una vida casi normal.
Por ejemplo, un día llegó al pabellón un japonés de unos 50 años de edad con un portafolios en la mano, Pidió a la enfermera que lo pesara porque iba a dializarse. Luego de pasar por la báscula la enfermera lo conectó tres horas a la dializadora.
Posteriormente, Laura, la enfermera, reveló a los cinco pacientes que atendía en esos momentos, que era un hombre de negocios de visita en Los Angeles, con 30 años dializándose en diferentes partes del mundo.
Esto, dijo, les demuestra que todo se puede hacer..., trabajar, estudiar…. incluso salir de vacaciones. Todo está en adaptarse a su nueva condición de vida.
Sin embargo, el ambiente cotidiano no deja de ser deprimente. A cada momento se escucha toser a uno o varios enfermos al unísono en el enorme salón. La dolencia pulmonar es causada por la acumulación de líquidos que afecta, en diferentes grados a cada paciente, a los cuales se les extrae el agua del cuerpo por medio de la diálisis.
Mientras, sobre las dos básculas localizadas junto a la puerta principal, dos enfermeras anotan peso a sus respectivos pacientes.
Al que llega a dializarse la enfermera le revisa sus signos vitales, temperatura, presión sanguínea, y sobre todo el peso para saber cuánto liquido trae en el cuerpo, para así determinar el tiempo que permanecerá conectado…. Dos, tres, cuatro horas.
En cambio, el paciente que se va a casa limpio de toxinas en su torrente sanguíneo y sin exceso de líquidos en el cuerpo, se le ve débil. La enfermera cuida que no se vaya a caer o incluso desmayar mientras lo mantiene de pie sobre la báscula.
La anotación en su cuadro clínico determinará cuando regrese a la diálisis dos o tres días después, el líquido consumido y retenido por su cuerpo en pies, piernas, pulmones, vejiga e incluso el rostro. Con base en dicha anotación la enfermera fijará el tiempo que permanecerá dializándose.
Cuando es excesivo el líquido consumido por el paciente, el doctor encargado del proceso dializador en esos pacientes, les llama la atención por “abusar” e incluso le advierte que de persistir, hablarán con el nefrólogo para que en todo caso el paciente haga sus hemodiálisis en casa, o en otro centro que no sea DaVita.
A este submundo de enfermos renales es al cual estaba condenando la cardióloga Mercado a su paciente de 60 años, de profesión periodista y con donante de riñón, gracias a que uno de sus seis hijos había resultado compatible en un 95 por ciento.
Exámenes privados realizados en el Saint Vincent Medical Center de Los Angeles a tres hijos del enfermo renal (son un varón y cinco mujeres), y practicados por el doctor Robert Méndez reveló que el varón era el más compatible de todos ellos.
Ante esta disyuntiva, los hijos del enfermo pensaron en hacer uso del único recurso que le quedaba a su padre: “La segunda opinión”.
Solicitaron hablar con el doctor Godofredo Gutiérrez, un cardiólogo del equipo de la doctora Mercado. La cita con él fue solo para informarle de la plática con su colega y la decisión de la familia de buscar “la segunda opinión” con un cardiólogo de los hospitales aceptados por Kaiser Permanente para realizar transplantes.
El doctor Gutiérrez aclaró que esa información se obtendría en la oficina de Atención al Paciente de Kaiser, pero adelantaba que había nexos con el Hospital Loma Linda y el Centro Médico de UCLA.
Y sí, consideró saludable conocer “la segunda opinión” pero no por él ni por ningún cardiólogo de Kaiser, por lo tanto recomendaba UCLA. Y así lo hicieron.
La cita en el Centro Médico de UCLA se logró dos semanas después con el cardiólogo Noel Gerard Boyle. El estuvo de acuerdo en otorgar “su opinión”, pero necesitaba que Kaiser lo solicitara oficialmente, además del doctor Gutiérrez, por aquello del costo del examen.
Temiendo que tal autorización podría tardar semanas o quizás meses, el periodista pidió al doctor Boyle que hiciera el examen y que él y su familia pagarían el costo de mil dólares que costaba el examen.
De inmediato, el doctor Boyle llamó por teléfono a alguien del Centro Médico, solicitando lugar y personal para realizar el examen. Una hora después, el doctor Boyle daba su veredicto: El paciente está en condiciones para el transplante de riñón en UCLA.
Envió por escrito su “Segunda Opinión” a la dirección médica de Kaiser Permanente y ésta a su vez, luego de un tiempo de analizar resultados clínicos de paciente y donante, pidió a la familia esperar hasta que Kaiser y Medicare se coordinaran para cubrir el costo de 260 mil dólares que costaba la doble operación con donante vivo en UCLA.
El transplante - Parte Dos de una serie
de Tres
¡Emergencia!
El Paciente Sufre Dos Infartos (Ultima Parte)
