
--Segunda de 3 partes--
Habían pasado 18 meses desde aquel 13 de abril de 2001 cuando la enfermedad renal hizo crisis en el periodista.
El nefrólogo Mateo Ledesma ordenó que su paciente recibiera
sólo dos horas en su primera diálisis, considerando que
apenas tenía cuatro semanas que el cirujano vascular le había
creado una fístula en la muñeca del brazo izquierdo que
le iba a facilitar las hemodiálisis en el futuro.
La fístula o “Chan” consistía en una operación
interna que al unir vena y arteria producen presión suficiente
para que la sangre del paciente llegue a la máquina de la diálisis
y sea filtrada sin problema.
Sin embargo, aunque ya había donante de riñón para el transplante, fueron muchos los días que siguieron a esta espera.
Inicialmente se dijo que el transplante podría ser en los primeros días de septiembre de 2002. Luego que no, que hasta noviembre; después cambiaron la fecha para diciembre; pero llegó diciembre y nada.
El cirujano de transplantes, el doctor Gabriel M. Danovitch había decidido salir de vacaciones al Japón y regresaría hasta enero, se informó en UCLA.
Para estas fechas el paciente ya estaba desesperado con sus tratamientos de diálisis en el DaVita Center y desilusionado con Kaiser Permanente, su compañía de seguro médico, y el doctor de UCLA.
Llegó enero y por fin el doctor Danovitch fijó fecha: El transplante de riñón sería el lunes 5 de febrero de 2003 a las 8 de la mañana.
Inicialmente la fecha pasó desapercibida para el paciente y su familia, pero luego, una de sus hijas, Bertha Silvia, notó que la fecha era muy significativa para el enfermo y la familia: El 5 de febrero la iglesia católica celebra el natalicio de San Felipe de Jesús, el primer santo mexicano y protector del enfermo renal.
“Ve, apá”, dijo su hija dentista, “por algo Dios hace las cosas así. Y para mi esto es muy significativo… ya verá que, primeramente Dios su santo estará con usted y con Beto mi hermano cuidando que todo salga bien en el transplante”.
Y sí, aquel desánimo que había embargado al enfermo en los últimos días, desaparecía como por arte de magia. La coincidencia que relacionaba al santo con la fecha del transplante le inyectaba mucha fe… mucha seguridad de que las cosas estarían bien en UCLA.
El viernes le tocaba diálisis pero como la operación de transplante sería tres días después, el enfermo renal pidió permiso para que la diálisis se la hicieran el sábado, petición que fue aceptada por el doctor de DaVita.
Ese día acudió a temprana hora a lo que seria su último diálisis, porque a partir del lunes, pensó, “si todo sale bien con el transplante será el adiós definitivo al sillón de piel, al riñón mecánico y a Laura”, la enfermera que siempre le había prodigado un buen trato al conectarlo a la máquina.
De acuerdo con el programa, el domingo 4 de enero hospitalizan en UCLA a padre e hijo. A ambos se les practican rayos X, electrocardiogramas, análisis clínicos, chequeos de presión, temperatura, etc.
Verifican por última vez que riñón y corazón de receptor y donante estén en buenas condiciones, especialmente del receptor quien en su historial médico figuran enfermedades como diabetes por 25 años, alta presión y colesterol.
Este último mal, causantes de tres infartos, un bypass (puente sobre el corazón con una arteria) y dos “stents” (tubitos con picos que se expanden y adhieren a la arteria bloqueada del corazón).
Cardiólogos y nefrólogos de UCLA verificaron durante toda la noche que el receptor estuviera bien controlado de las tres enfermedades mencionadas.
Por lo tanto, durante toda la noche le realizaron chequeos, con especial observación en la temperatura del paciente, que de haber tenido registros de 101 grados F (38 grados C), sería signo de una posible infección, lo que hubiera pospuesto la operación de transplante.
Afortunadamente, la salud de receptor y donante fue estable hasta que amaneció.
Media hora antes de la operación de transplante, sedan al paciente y su donante hasta que ambos quedan inconscientes. De inmediato son trasladados a la sala de operaciones.
Ahí el doctor Danovitch ya espera acompañado de un gran equipo de médicos y enfermeras.
Más de mil 500 transplantes de riñón se habían realizado en ese mismo lugar, desde el año de 1964, según se informó al periodista. Eso le daba tranquilidad, especialmente en esta ocasión en que Alberto, su único hijo varón, le ofreció uno de sus dos riñones, un gesto de amor que uniría más a padre e hijos mientras vivieran.
La operación duró aproximadamente tres horas.
Afuera de la sala esperaban las dos esposas, así como las cinco hijas del periodista y hermanas del donante. De inmediato abordaron al doctor Danovitch en cuanto salió de la sala de operaciones.
Preocupadas, querían saber del estado de salud de ambos.
Danovitch fue contundente en su respuesta: “Mejor de lo que esperaba”, dijo.
Y es que el prestigioso cirujano conocía el historial diabético del paciente, según reveló, por lo tanto, esperaba encontrar venas fibrosas que se pudieran romper fácilmente al maniobrar durante la operación.
“Pero no fue así’, dijo. “Para mi sorpresa sus venas estaban muy dúctiles… suaves… fue un buen paciente. Los dos están bien”, aseguró.
Antes de retirarse dijo que padre e hijo serían trasladados a una sala para observación y posteriormente podrían hablar con ellos, pasado el efecto de la anestesia.
Cuando despertó el periodista, ya sobre una cama, el doctor Danovitch
estaba acompañado de otro doctor del departamento de Nefrología
y conversaban sobre la recuperación y cuidado que debía
otorgársele al paciente, tomando en cuenta su historial clínico.
A un costado el enfermero asignado ya había conectado al paciente
a un aparato que verifica presión y latidos de su corazón.
El doctor Danovitch dio instrucciones al enfermero y se retiró en
compañía de su colega.
Más tarde hicieron acto de presencia su hija Martha, la enfermera
LVN, así como Ana, la esposa del paciente.
¿Cómo te sientes, papito?
--Pues creo que bien, aunque todavía mareado.
Se acercó el enfermero asignado y Martha le preguntó porqué su papá estaba arrojando espuma por la boca.
El enfermero respondió que eso era normal luego de un transplante debido a la anestesia que se aplica por la boca, pero anticipó que la espuma dejaría de salir en un rato más porque iba a ayudar al paciente con un succionador de líquidos. Y así lo hizo.
En esos momentos llegó a visitar al enfermo un equipo de médicos del Departamento de Cardiología. Al observar el aparato que vigilaba el corazón del paciente notaron que había irregularidades y el cardiólogo que comandaba al grupo médico pidió que el paciente fuera llevado de inmediato a cuidados intensivos de cardiología.
El enfermero, tratando de no herir la susceptibilidad del galeno le dijo que tal decisión debería tomarla el doctor Danovitch, y le pedía que hablara con él, ya que era su paciente.
De inmediato, el director del grupo de cardiólogos llamó al doctor Danovitch y este se presentó en pocos minutos. Hablaron entre ellos, pero desde un principio el cirujano dijo que el paciente aun estaba en observación y bajo su responsabilidad.
Además, según Danovitch, no consideraba que hubiera peligro
alguno, ya que el paciente sólo estaba adaptándose al nuevo
riñón y, por lo tanto, pedía que no se le moviera
a ningún lado, cuando menos durante ese día.
Hubo discusiones, pero al final de cuentas el director del grupo de
cardiólogos
aceptó a cambio de que ahí mismo se realizaran estudios
del corazón al paciente. Aceptó Danovitch.
Realizados los exámenes y obtenidos los resultados, ambas eminencias médicas de UCLA acordaron que el paciente y su riñón siguieran bajo supervisión de Danovitch y su equipo de nefrólogos.
¡Emergencia!..
Sufre dos infartos el paciente (3)
El Submundo de la Diálisis (1)
