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¡Emergencia! El Paciente Sufre Dos Infartos

* El transplante es un éxito, pero hay dudas por el corazón del receptor
* Salía espuma por la boca y sentía una opresión sin dolor en el pecho
* “Apá, ponle ganas; hay que irnos de aquí”, lo animaba su hijo donante
* ¿Coincidencia… o San Felipe de Jesús envió cardiólogos a salvarlo?
* Para el cuarto infarto, electroshocks; para el quinto, diálisis de urgencia



--Tercera y Ultima Parte--

La operación de transplante realizada el lunes 5 de febrero de 2003 por el doctor Gabriel M. Danovitch y el grupo de transplantes renales del centro medico de UCLA, había sido un éxito. Padre e hijo --receptor y donante—permanecían “estables” en la sala de recuperación.

Poco tiempo después, ya sin el tubo que le habían insertado para respirar, el receptor del riñón fue trasladado a la unidad de tratamiento intensivo, en el mismo piso de transplantes.

Durante todo ese día, hubo gran actividad en torno del recién operado: Chequeos a los signos vitales, exámenes de laboratorio, verificaciones a la cantidad de orina y balance de líquidos en el cuerpo del paciente. Todo era informado de inmediato a los médicos.

Los tubos insertados en la operación al receptor del riñón, permanecían en su cuerpo y le serían extraídos uno a uno en los días siguientes, según el protocolo en transplantes.

En cuanto el paciente fue conectado a un monitor que vigilaba cambios imprevistos en el corazón, se le administró oxígeno extra hasta que se despertó totalmente.

La sonda que tiene en la vejiga, advirtió Danovitch al paciente, se le mantendrá por unos días para ayudar a cicatrizar la conexión del uréter donante a su vejiga.

La garganta la sentía áspera, reseca e incluso adolorida.

Recordaba el periodista que esos mismos síntomas ya los había sentido en el tercer infartó, cuando le pusieron un “bypasse” (puente) sobre el corazón, en el Saint Vincent Medical Center, hacía seis años. Le pusieron también un tubo para respirar, así que ya conocía la molestia.

En la parte baja del abdomen se le hizo una incisión de siete pulgadas para poder transplantar el nuevo riñón, por lo tanto, el doctor Danovitch explicaba que el paciente no debería tener náuseas y pasar gas antes de que se le pudiera dar de comer.

Logrado lo anterior, dijo, primero serán líquidos y luego la dieta que irá avanzando de acuerdo a lo que pueda tolerar.

Por lo mismo, el doctor Danovitch quiere que sus pacientes operados, desde el primer día se levanten y caminen.

Y es que, de acuerdo con la experiencia del famoso galeno, caminar, moverse prontamente, respirar y toser ayudan a prevenir complicaciones como la neumonía.

Pero algo pasó. El corazón del paciente no estaba respondiendo bien, pese a todos los cuidados que se le prodigaban.

La espuma, aunque poca, no dejaba de salir por la boca. Y lo más preocupante era que el paciente manifestaba tener presión en el pecho.

Martha, su hija, la enfermera que estaba de visita, le insistía en que dijera si esa presión era dolor en el pecho, pero su padre le aseguraba que sólo era presión… sin dolor. Un peso que tenía encima de él y que le estaba dificultando respirar.

Como el enfermero asignado escuchaba el diálogo entre padre e hija. Ella le insistía para que dijera que era dolor, lo cual facilitaría el entendimiento de que estaba sufriendo un infarto. Pero nunca lo dijo.

Se optó por darle medicamento, aumentar la dosis de oxígeno y dedicar más atención al monitor, porque se podría asumir que el paciente estuviera registrando cambios imprevistos en el ritmo del corazón debido a pérdidas muy rápidas de líquidos y electrolitos y eso podría ser controlado ahí mismo en Nefrología.

Llegó la noche y el paciente se la pasó durmiendo plácidamente hasta el otro día.

Sin embargo, antes del mediodía del martes el paciente volvía a sentir molestias en el pecho, Incluso, en esos momentos de desesperación le pareció ver en la pared una imagen en miniatura de San Felipe de Jesús, su santo protector.

“Ahí está”, ¿Lo ven?, les decía a Martha y Rocío, sus hijas.

Y Rocío respondía, ¿En donde, apá… yo no veo nada?

Ahí, señalaba con su dedo.

Preocupada por ese incidente, Martha le dijo a su padre que iba a traer a Beto su hermano. “El -le dijo- está muy mejorado y puede caminar hasta aquí”.

Y así lo hizo, ante la incredulidad de su padre un rato después su hijo Beto lo estaba abrazando emocionado y sabiendo que su padre atravesaba por una situación difícil, decidió darle ánimo: “Apá, ponle ganas... hay que irnos ya de aquí”.

El periodista lo miró con un sentimiento muy especial que llevaba inmenso agradecimiento por ese maravilloso regalo de vida que le había ofrecido. Con voz ronca, dijo: “Gracias, mi’hijo, muchas gracias. Claro que le pondré ganas, más ahora que estoy seguro que Felipe de Jesús está comigo”.

Una doctora rubia que en esos momentos revisaba el carnet del enfermo, curiosa preguntó a las dos jóvenes sobre lo que decía el padre de ellas.

Martha, titubeando por creer que su progenitor deliraba, apenada le comentó a la doctora lo que decía. Ella, pensativa, sólo asintió con la cabeza. Poco después se retiró dando instrucciones al enfermero.

Al poco rato, algo inesperado aconteció. Un grupo de médicos del Departamento de Cardiología llegó a visitar al paciente. Y mientras unos observaban el monitor, el que parecía ser el director del grupo escuchaba con atención a Martha sobre las molestias que su padre estaba sintiendo sobre el pecho.

En esos momentos el paciente sintió que su condición respiratoria empeoraba y se tocaba el pecho. De inmediato, el director del grupo ordenó que salieran las visitas del lugar.

Actuando con rapidez, un doctor verificaba el pulso del paciente, otro ponía bajo la lengua del paciente una pastilla. Cerraron la cortina y su hijo Alberto, así como sus hermanas, sólo oían que había gran ajetreo.

De pronto escucharon lo que parecían ser descargas eléctricas que aplicaban al paciente… Una… dos… tres veces…. No recuerdan con precisión.

Cuando volvieron a abrirse las cortinas, un enfermero desconectaba al paciente del monitor fijo y otro lo conectaba a un monitor portátil. De inmediato, el paciente aun con las intravenosas en su brazo fue trasladado a cuidados intensivos de Cardiología.

Una emergencia en la cual el paciente había sufrido su cuarto infarto desde aquellos dos que lo atacaron por primera vez en el verano de 1985 y de los cuales milagrosamente había podido sobrevivir.

Ya instalado en el cuarto piso, bajo el cuidado intensivo de los cardiólogos, a base de medicamentos el paciente fue recobrándose poco a poco del severo infarto padecido que, según se había informado Martha, su hija, los electroshock lo volvieron a la vida.

Sus dos hijas se mantenían cerca de él. Una junto a su cama y otra en la sala de espera. Siempre contando con la amabilidad y consideración de enfermeras y cuerpo médico que encontraban en ellas la labor de intérprete que necesitaban tener con el paciente.

Llegó la noche y el periodista se veía tranquilo. Al verlo así, sus dos hijas decidieron ir a sus casas a descansar, a la vez que pedirían el relevo de otras dos de sus hermanas, Aracely y Miriam.

Pasaron las horas y la actividad en la sala de cuidados intensivos, disminuía.

De pronto, cuando dormitaba, el periodista sintió que casi no podía respirar. Algo pasaba con sus pulmones, con su corazón. Poco, muy poco era el aire que podía jalar por nariz y boca… se estaba ahogado!… ¡se estaba muriendo!

Gritaba: ¡No puedo respirar!....!Ayúdenme!.... ¡Me muero! A la vez que sus manos se aferraban a su garganta.

De inmediato llegó personal que le pedían calma a la vez que le ponían una mascarilla que expulsaba aire, pero de nada sirvió. Seguía faltando el oxígeno. Quitaron esa y pusieron otra mascarilla más grande y nada… luego otra… y nada.

Algo en su desesperación le decía que era falta de la diálisis. Recordaba que desde el sábado (iban a ser cinco días) no le hacían diálisis y el riñón transplantado posiblemente no funcionaba, lo cual así era.

Pero, oh, Dios. Ellos tampoco entendían. Nadie hablaba español.

Desesperado y a punto de perder el conocimiento, el paciente dijo en inglés “Plis, bringmi di nurs at nefroloyi… ji spik spanish… ”. Esa fue la solución. Un rato después estaba ahí el enfermero que también se veía asustado al ver la escena.

“Dígame, señor… aquí estoy, dígame”.

--Por favor, diles que me hagan la diálisis. Mis pulmones tienen agua… creo que por eso no puedo respirar… díiiles…”.

Antes de perder el conocimiento, mentalmente el paciente hizo una petición muy especial a su santo protector: “San Felipe… ¡ayúdame!”.

Pasaba la media noche.

Cuando despertó de su inconciencia eran las 5:00 de la mañana. Vio que al lado izquierdo de su cama, un empleado enrollaba una manguera. Era el técnico en diálisis que al ver que despertaba el paciente, en español le dijo: “Que bueno que ya despertó. Vaya susto que nos dio a todos. ¿Pues desde cuándo no le hacían la diálisis?”

“Desde el sábado”, responde el periodista.

“¡Con razón!.. ya su sangre estaba muy contaminada y sus pulmones llenos de agua. Y que bueno que trae “chan”, eso facilitó la conexión a la máquina de diálisis”.

Vino la doctora de guardia, una mujer rubia, y algo le dijo en inglés al paciente. El técnico dializador interpretó lo que decía: “¿Que si ya se siente mejor?... Y lo que le decía, que todos se asustaron ante su gravedad y dice que ya pasó la crisis del infarto”.

Le di las gracias a los dos por salvar mi vida.

Dos semanas después, el corazón del periodista recibía dos “stents” más. Ahora ya eran cuatro.

A la tercera semana cardiólogos y nefrólogos coincidían en darlo de “alta”, corazón y riñón transplantado se habían salvado y sólo restaba dar instrucciones al paciente para que realizara visitas periódicas al centro médico de UCLA para que los médicos especialistas de ambos departamentos verificaran durante medio año el buen estado de los dos órganos vitales. Luego, la responsabilidad volvió a recaer con gran éxito en los médicos de Kaiser Permanente.

Cruz Alberto Méndez, autor de esta serie, es el paciente de la historia. En la actualidad es presidente de la Asociación de Periodistas Latinos de California/APLC y espera que su relato sea una advertencia a enfermos diabéticos y un estímulo a los enfermos renales en diálisis para que no pierdan la esperanza y siempre busquen “la segunda opinión”. El autor está convencido que sólo Dios decide el destino de todos los seres humanos.

El Submundo de la Diálisis (1)

El Transplante, un Regalo de Vida (2)

¡Emergencia! El Paciente Sufre Dos Infartos (3, Final)


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