
Es una cita descomunal. A los Juegos Olímpicos de Pekín
asisten 16 mil atletas, casi tres mil jueces y árbitros, 22 mil
periodistas acreditados y medio millón de turistas. El comité organizador
chino, elegido por el Partido Comunista, está formado por tres mil
personas. Hay también 74.615 voluntarios olímpicos y 3.223
empleados del sistema médico. Aproximadamente 110 mil soldados y
policías tienen la misión de garantizar la seguridad de la
competencia deportiva más importante del mundo. Un verdadero desafío
para China, en muchos sentidos.
Para
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En medio de este jolgorio, los líderes de Pekín están atormentados por las justas protestas en contra de sus actos represivos frente a los independentistas tibetanos y por una controversia sorpresiva con Estados Unidos por revocar una visa a un campeón estadounidense de patinaje de velocidad, ya retirado, por su militancia contra el genocidio de Darfur, en Sudán. La censura china es bien conocida.
Por suerte para los organizadores, el legendario Dalai Lama, líder espiritual del Tibet, en un gesto de generosidad, manifestó su apoyo a los Juegos Olímpicos. El presdiente de Estados Unidos, George W. Bush, condenó desde Tailandia, el 7 de agosto, los arrestos de disidentes chinos y la ausencia de libertades fundamentales en el gigante asiático, y se pronunció en favor de los derechos laborales de los trabajadores chinos, pero estuvo presente en la inauguración olímpica el 8 de agosto.
Si se estudia con detenimiento y honestidad todo este tema, se llega a esta conclusión: fue un error del Comité Olímpico Internacional designar a China como sede de los Juegos Olímpicos de 2008. Y es un error de Bush y de otros jefes de estado legitimizar con su presencia allí, el espíritu represivo actual e histórico de la llamada República Popular China. Todavía hoy, atletas, jueces, turistas y periodistas tendrán que enfrentarse a los carteles con la efigie de Mao Zedong, a pesar de la promesa china de despolitizar las olimpiadas. Los repudiables actos genocidas de Mao aún insipiran al actual gobierno chino y constituyen una afrenta a la conciencia de la humanidad.
Los intelectuales franceses de izquierdas, autores del Libro negro del comunismo, atribuyen al régimen de Mao Zedong la escalofriante cifra total de 65 millones de muertos, de un total de 100 millones de asesinatos y fallecimientos por hambrunas de que culpan en su libro a la ideología comunista a nivel mundial, desde 1917. Aun perturban los recuerdos de la Revolución Cultural china de la década de los 60, encabezada por Mao, a la que muchos expertos acreditan el horroroso saldo de tres millones de muertos. Aquel acontecimiento, apoyado inmoralmente por muchos intelectuales europeos y norteamericanos de la época, ha vivido y vive todavía en la matanza de la Plaza de Tiananmen, donde fueron masacrados centenares de jóvenes del movimiento democrático chino en junio de 1989, y en la censura que el gobierno chino impone actualmente inclusive a empresas extranjeras que suministran servicios de acceso a Internet, como Google y Yahoo. Ni que decir de la que impone a su propio pueblo.
El hecho de que China se haya convertido en el país que más
rápidamente está eliminando la pobreza en el mundo, podría
ser un monumento a los aciertos de la economía de mercado, pero
China, única dictadura en el selecto club de miembros permanentes
del Consejo de Seguridad de la ONU, no se ha ganado el monumento a la dignidad
política. En la era moderna, ser sede de la cita deportiva más
importante del mundo, debe ser considerado algo similar a una medalla olímpica
al bienestar en libertad. China no se ha ganado esa medalla.
La Pena de Muerte en Estados Unidos
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