‘No Castro, Sí Problem’


Fidel y Raúl Castro, gobernantes de Cuba desde 1959.


‘No Castro, Sí Problem’

ROBERTO ALVAREZ QUIÑONES

Cuando llegué a Estados Unidos, en 1995, corría en la comunidad cubana y cubanoamericana una consigna que me pareció formidable: “No Castro, no problem”. Era cierto, sin Fidel o Raúl en el poder podría ser posible un eventual proceso de cambios que condujesen finalmente a una transición a la democracia en Cuba.


Aquella sonora y optimista frase, que se mantuvo vigente hasta principios del presente siglo, lamentablemente ya no tiene validez alguna. No sirve porque hasta julio de 2006, cuando se enfermó gravemente el dictador, los posibles escenarios sobre el futuro de Cuba siempre se basaron en la muerte súbita de Fidel y no en un inesperado e interminable “retiro activo” suyo.

En el exilio y dentro de Cuba siempre se acarició la idea de que la muerte repentina del caudillo podría coger “fuera de base” a Raúl Castro y toda la cúpula dictatorial. Se pensaba que en tales circunstancias podría producirse un vacío de poder momentáneo, sobre todo por la probada incapacidad de Raúl para manejar situaciones de crisis, todo lo contrario de su hermano. Y la historia muestra que cuando hay vacíos de poder ocurren siempre muchas sorpresas.

En este caso hay que tener en cuenta que Raúl ostentaba la segunda máxima jerarquía del régimen porque era el heredero designado por Fidel y no por méritos propios, capacidad, audacia, o talento. Hay que recordar que el menor de los Castro fue expulsado del Colegio de Belén por incapaz. Desaprobaba casi todas las asignaturas. Desde que eran niños, Raúl siempre fue el perrito faldero y un fanático admirador bobo de la personalidad avasalladora y las “hazañas” de su psicópata hermano, quien lograba todo lo que él no era capaz de lograr.

Recuerdo que en los años 70 y 80, como periodista me tocó cubrir encuentros de delegaciones extranjeras de alto nivel con Raúl, y en todos los casos, sin excepción, él mencionaba constantemente el nombre de Fidel para explicar cualquier cosa. Y lo hacía como si se tratase de un Zeus terrenal.

Obviamente muchos de aquellos forasteros se percataron de la aberrante sumisión del general a su idolatrado hermano. Los colaboradores de Raúl son testigos de que éste sin el tutelaje omnipotente de Fidel se siente un poco perdido, solo, desorientado. No son pocos los generales y comandantes que se perciben a sí mismos con más méritos y más capaces que Raúl para asumir el liderazgo del país. Y tienen razón.

No por casualidad antes de entrar en el quirófano Fidel delegó en su hermano y en otros seis jerarcas del régimen solamente el gobierno y no renunció a sus cargos de Comandante en Jefe de las fuerza armadas, ni al de Primer Secretario del Partido Comunista, que constitucionalmente en Cuba es la máxima instancia de poder. Fidel siguió siendo el dictador oficial durante cinco años más, hasta el congreso partidista de 2011 en que le cedió su posición a Raúl, sólo cuando ya todo estaba bien “amarrado” para la continuidad inalterable del régimen.

Por eso, dando rienda a la especulación podría pensarse que la muerte sorpresiva de Fidel habría podido producir un escenario diferente, e incluso una lucha por el poder que pudo haber desestabilizado al régimen.

Por otra parte, con Fidel bajo tierra, y aun con Raúl como nuevo zar castrista, posiblemente la vía china ya habría sido adoptada. Hoy habría igualmente dictadura y violación de los derechos humanos en Cuba, pero al menos la gente podría vivir algo mejor, quizás con un empresariado capitalista en ascenso. La isla caribeña seguiría siendo tiranizada, pero los cubanos probablemente ya no estarían ubicados entre los cuatro pueblos más pobres del continente. Y del lobo un pelo.

Diferencia entre Fidel y Deng

Al no morirse (cuando debió), Fidel Castro se consolidó como el tirano que más daño ha causado a su pueblo en la historia de las Américas, incluso después de estar formalmente jubilado. Desde su apacible retiro en Punto Cero ha seguido siendo el líder político de la “revolución”. Su caso es parecido al de Deng Xiaoping, quien ya retirado oficialmente continuó marcando la pauta en Beijing hasta su muerte a los 93 años, en 1997.

Pero hay una enorme diferencia entre ambos dictadores. Deng fue el gestor de las reformas capitalistas que bajo la anticomunista consigna de “enriquecerse es glorioso” (versión china del “laissez faire” de los fisiócratas franceses en el siglo XVIII) han modernizado a China, mientras que Castro es el inmovilismo hecho persona. Es él precisamente quien ha impedido cualquier reforma verdadera, por tímida que sea, en favor del progreso económico y el bienestar de los cubanos.

Y si el comandante, ya sin cargo oficial alguno, puede actuar como “freno supremo” se debe únicamente a la enfermiza sumisión de Raúl. Este tiene más los pies en la tierra y conoce la necesidad de cambios económicos reales en Cuba –cambios políticos no los haría--, pero él jamás hará nada que disguste a Fidel, o que éste no apruebe. Un Raúl con más hombría y determinación, sin complejo de inferioridad y sin problemas de personalidad, habría actuado con más independencia a la hora de hacer ciertas reformas económicas que demanda desesperadamente la nación.

Gestación del postcastrismo

Lo más grave de todo es que con esa subordinación a su hermano, Raúl no sólo ha permitido que éste de hecho impida los cambios necesarios, sino que en los ocho años transcurridos desde el amago de su muerte toda la estructura militar y civil de la dictadura, y sus familiares, han tenido tiempo suficiente para armar pieza por pieza el andamiaje de lo que será el postcastrismo, que apunta cada vez más a un régimen totalitario, algo menos “duro”, de capitalismo de Estado.

El generalato, los coroneles y sus familiares, las familias de los Castro y de los grandes jerarcas de la burocracia partidista y estatal se entrenan como gerentes de las industrias y actividades que son rentables o podrían serlo, para convertirse luego en sus propietarios definitivos, como sucedió en Rusia. Y obviamente querrán sustentar el poder político para adentrarse bien protegidos al capitalismo de Estado y la danza de los millones que piensan bailar en la Cuba postcastrista.

En tanto, mientras la nomenklatura comunista echa las bases para un futuro esculpido a su imagen y semejanza, Washington emite señales de que está dispuesto a “tirar la toalla” y entenderse con Cuba, no importa si en La Habana se instala una versión “light” del castrismo, o incluso si se trata del mismísimo general Castro. Ello ocurriría siempre con el aplauso de la abrumadora mayoría de los gobiernos Latinoamérica y de Europa.

Si el postcastrismo será una mezcla de los modelos chino y postsoviético, fascismo y populismo latinoamericano, o si será una azarosa transición real a la democracia, nadie lo puede saber. Lo que sí está claro es que para vislumbrar el futuro de Cuba a corto y mediano plazo hay que tener en cuenta el gradual posicionamiento de los militares y sus familiares de todos los estamentos del poder económico y político en la isla. Estos no van a soltar fácilmente el poder.

Es precisamente este factor el que dibuja ya un panorama complicado y difícil a la hora de imaginarse el fin la cincuentenaria pesadilla de los cubanos. La esperanza aquí es que en política las cosas casi nunca ocurren como son pronosticadas y todo podría suceder de manera diferente a como la visualizamos hoy.

De todas formas, sea cual fuere el relevo de los Castro y los “históricos” de la Sierra Maestra en los próximos años, no hay dudas de que la sonora consigna citada anteriormente se modificó por completo y entre los cubanos suena bien distinto: “No Castro, sí problem”.

(Alvarez Quiñones es periodista y escritor radicado en el sur de California. Durante más de tres décadas ha seguido el curso de la economía mundial en diversos medios de comunicación. Es experto en temas latinoamericanos, con énfasis en asuntos cubanos).

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